miércoles, 7 de marzo de 2012

¿Para qué tanta prisa?

Suena el despertador, coloco los pies en la alfombra tratando de abrir los ojos. A medida que me dirijo al baño, mis pensamientos comienzan a acelerarse, a abandonar el dulce sosiego del sueño para adentrarse en la vorágine del nuevo día. Es una metamorfosis tan eficaz que no permite que el sentido común la detenga. El sentido común... ese sentido tan poco común que nos acompaña toda nuestra vida, pero al que nos cuesta tanto permitir que susurre a nuestro oído.

Esta mañana, de camino al baño, me he negado a abrir los ojos tan deprisa, y he hecho un esfuerzo por escucharme a mi misma. No ha sido fácil, pero al fin he conseguido recordar que hubo un tiempo en que olía el jabón antes de usarlo, en que percibía el suelo bajo mis pies al caminar; un tiempo en el que cada minuto del día era un minuto y cada hora un espacio largo en el que ocurrían miles de cosas; un tiempo en el que mi vida transcurría despacio, permitiéndome ver, oler, tocar, reír, llorar; sentir en definitiva.

No recuerdo cuando fue la última vez que tomé el control. Pero hacerlo hoy me ha ayudado a recuperar aquella sensación tan maravillosa de no tener prisa.

¿Para que tanta prisa? Correr solo sirve para llegar antes a la meta, y nuestra meta final, para que engañarnos, es simplemente morir. ¿Porqué no dejar de hacer carreras? ¿Porqué no convertir el camino en un hermoso paseo repleto de sensaciones?.

Al fin y al cabo, lo único que realmente nos aleja de la muerte es vivir cada segundo.

 

© Eva López

 

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